Lectura: “Un hombre poseído de espíritu inmundo, que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, …Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él …Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre»” (Mc 5, 2-6).
Meditación:
Jesús nos narra las consecuencias del pecado. Siempre nos esclaviza, nos encadena, nos obliga a estar en el reino de los muertos. En la medida que no vivimos la unión con Cristo, vivimos a la deriva; entonces caemos bajo el poder del maligno, que nos engaña con falsas conquistas de libertad.
La amistad con Cristo es la que nos permite descubrir: la grandeza de nuestro corazón, el tesoro que Dios nos ha dado, nuestra identidad de hijos, el destino eterno al que nos llama… En la medida que ignoramos la presencia de Jesús, desconocemos nuestro corazón y se hace imposible establecer vínculos verdaderos con los demás, ya sea en el matrimonio, en la comunidad o con los amigos.
Este hombre poseído, ya está cansado de sí mismo; sólo cuando se postra ante Jesús, queda liberado. En la medida que con humildad reconocemos nuestras heridas, el Espíritu nos puede sanar.
Oración: Señor, ven a morar en mi corazón, solo es para Ti.
Contemplación:
Dejo que me entren pensamientos, sentimientos intrusivos que me esclavizan… Necesito la libertad interior.
«Yo Soy el Camino… dame tu corazón, deja que viva en ti».
Quiero ser solo tuyo y para siempre.
Acción: Buscar la libertad que me da Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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