Lectura: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”. (Lc 24, 5-8)
Meditación:
Estamos aferrados a nuestros conocimientos y experiencias. Pero en la relación con Dios necesitamos abrirnos al misterio, a lo sublime, a lo inabarcable…; no encerremos al Espíritu en nuestras capacidades. La resurrección de Cristo es nuestra resurrección; hemos nacido de nuevo. Estamos injertados en su Cuerpo y nos lleva al Padre para que vivamos la eterna alegría. Las mujeres no encuentran a Jesús porque no está ahí, ha resucitado.
Nos cuesta admitir que el grano de trigo, si no muere, debajo de tierra, no puede dar fruto. Cristo, Dios y Hombre, tuvo que morir en la Cruz para llamarnos a resucitar, a dar frutos nuevos, vivimos en la esperanza cierta, pues Él ha resucitado.
Nuestros seres queridos muertos ya han dado el paso; ahora nos esperan en el cielo. Es preciso recordar que se salva la persona íntegra, el alma y el cuerpo. Dios en el juicio final nos dará nuestro cuerpo transfigurado, glorioso, para vivir eternamente.
Oración: ¡Tú Señor eres la Resurrección y la Vida!
Contemplación:
Todo lo quiero razonar, pero no llego a entender… Es preciso que deje a Dios ser Dios.
«Yo hago nuevas todas las cosas. He resucitado, te espero junto al Padre».
Quiero vivir con la perspectiva de la resurrección.
Acción: Dejar obrar a Dios.
Hno. Javier Lázaro sc.
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