Lectura: “Los pastores, encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban… María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. (Lc 2,16-19)
Meditación:
La gente sencilla, los pastores, son los primeros que reciben el anuncio del nacimiento de Jesús. En ese momento son los únicos que pueden creer y dejarse llevar por la sorpresa. Para acoger al Niño necesitamos un corazón humilde, dócil a la gracia; como el de los pastores que escucharon a los ángeles y fueron a verlo corriendo.
Lo encuentran en la cueva, dentro en la hendidura de la roca, seguramente excavado, el pesebre; lugar donde comían los animales, acostado el Niño, al cuidado de María y José. Nace en una cueva y resucitará de un sepulcro nuevo en la roca, para darnos la vida definitiva.
Parece todo frío, pero el Corazón Inmaculado de María, en nombre de la humanidad lo recibe con amor maternal. Ella y José, son ahora los custodios de Cristo. La Madre conserva todo en su Corazón, todo lo mira con ojos de fe y amor.
Oración: Virgen y Madre, dame un corazón dócil a Jesús.
Contemplación:
Me quedo en las formas, en lo exterior… pero olvido que me hablas y no respondo con sencillez…
«Yo necesito corazones humildes, que puedan recibirme con fe… sin pedir explicaciones».
Ven a mí, soy tuyo.
Acción: Adorar con humildad al Niño acostado.
Hno. Javier Lázaro sc.
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